Le di mi viejo paraguas a una joven gitana que cargaba a su bebé empapado y-aurelle

—Cuando tu marido llegue esta noche, revisa el bolsillo interior de su portafolio.

Lucía Hernández ya había dado dos pasos hacia la entrada de su edificio, en la colonia Del Valle, cuando la desconocida le tocó suavemente la muñeca.

Llovía con tanta fuerza que el agua corría por la banqueta como un arroyo. La mujer sostenía a un bebé contra el pecho y trataba de cubrirlo con una chamarra demasiado delgada. Minutos antes, Lucía le había regalado su paraguas.

—¿Perdón? —preguntó Lucía.

La desconocida acomodó al niño y la miró con una seriedad que le borró la sonrisa.

—Tú me ayudaste sin conocerme. Yo también quiero ayudarte. No preguntes nada ahorita. Sólo revisa su portafolio. El bolsillo de adentro.

Lucía soltó una risa nerviosa.

—Mejor llévese al bebé a un lugar seco.

—Hazme caso —repitió la mujer—. Después entenderás.

Lucía entró al edificio convencida de que en unas horas olvidaría

aquellas palabras.

Llevaba diecisiete años casada con Ricardo Salgado. Tenían un hijo de catorce, Mateo, un departamento pagado y una vida que ella consideraba estable. Ricardo trabajaba como gerente comercial en una constructora, ganaba bien y últimamente llegaba tarde por un proyecto nuevo. Nada extraordinario.

A las ocho y media, Ricardo abrió la puerta.

—¿Y tu paraguas?

—Se lo di a una señora con un bebé.

Él se rio mientras dejaba su portafolio de piel sobre una silla.

—Eres incorregible. Un día vas a regalar hasta la casa.

Durante la cena habló de clientes, de una junta en Naucalpan y de que el sábado llevaría a Mateo por unos tenis. Todo sonaba tan normal que Lucía sintió vergüenza de haber pensado siquiera en revisar sus cosas.

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