PARTE 1
—¡Saca esa porquería de mi casa! Aquí no somos animales para comer lo que traen los campesinos.
Doña Teresa terminó la frase levantando la canasta que mi padre había cargado durante más de seis horas desde un pequeño pueblo de la Sierra Norte de Puebla y, antes de que yo pudiera reaccionar, vació todo dentro del bote de basura.
Los huevos de rancho chocaron contra las bolsas y se rompieron. El frasco de chiles en escabeche que mi padre había preparado con sus propias manos cayó de lado. La gallina criolla que había criado durante meses terminó encima de restos de comida.
Mi padre, don Ernesto, se quedó inmóvil junto a la puerta.
Tenía 67 años, la camisa desteñida por el sol, las manos endurecidas por décadas de trabajar la tierra y unos zapatos todavía manchados de lodo. Había salido de casa antes de las cuatro de la mañana para alcanzarme en Ciudad de México.
—Perdón —murmuró—. Yo pensé que les iba a gustar.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Me llamo Daniela, tengo 29 años y soy directora comercial de una empresa internacional. El departamento donde vivíamos, en Santa Fe, lo había comprado yo ocho meses antes de casarme con Mauricio. La escritura estaba únicamente a mi nombre y nuestro matrimonio se había celebrado bajo separación de bienes.
Mauricio trabajaba en una oficina y ganaba una fracción de lo que yo ganaba. Eso jamás me había importado.
Lo que sí empezaba a importarme era que, desde que su madre se mudó con nosotros, él había dejado de aportar prácticamente todo.
Su sueldo iba a la cuenta de doña Teresa porque, según él, “una madre merece disfrutar su vejez”.