Teresa quedó muda.
Yo respiré profundamente.
—Tienen una hora para recoger sus pertenencias personales.
Mauricio me miró como si no hubiera entendido.
—¿Nos estás corriendo?
—Sí.
—Daniela, no exageres.
—Ayer me pediste que me arrodillara.
Silencio.
—Insultaste a mi padre dentro de un departamento que ni siquiera te pertenece. Después intentaste reclamar la mitad. No hay nada más que hablar.
Mauricio se acercó.
Su tono cambió.
Ya no sonaba autoritario.
—Podemos arreglarlo.
—Lo estamos arreglando.
—Yo estaba enojado.
—No.
Lo miré directamente.
—Estabas cómodo. Creías que yo aguantaría cualquier cosa.
Doña Teresa comenzó a llorar.
Pero aquella vez sus lágrimas ya no me movieron.
—¿Adónde voy a ir?
—Tienes un hijo adulto. Pregúntale.
Teresa lo miró.
Mauricio miró al suelo.
Fue en ese instante cuando comprendí por qué ambos estaban realmente aterrados.
Sin mi departamento, mi salario y mis tarjetas, tendrían que sostener el estilo de vida que habían construido.
Ellos solos.
Durante los siguientes cuarenta minutos empacaron en silencio.
Teresa pasó varias veces la mano sobre sus vestidos caros.
Muchas prendas habían sido compradas directamente por mí, pero no quise convertir aquello en una pelea absurda por ropa. Mi abogada me había recomendado documentar cualquier propiedad realmente relevante y evitar confrontaciones innecesarias.
Así que dejé que se llevara sus cosas personales.
Lo único que quería recuperar era mi casa.
Mauricio guardó sus camisas.
Por primera vez desde que lo conocía parecía pequeño.
Al llegar a la puerta se detuvo.
—¿De verdad vas a destruir un matrimonio por una canasta de comida?
Aquella pregunta confirmó que nunca había entendido nada.
—No estoy terminando este matrimonio por una canasta.
Señalé a mi padre.
—Lo termino porque cuando tu madre humilló al hombre que me dio todo, tú no preguntaste qué había pasado. Llegaste exigiendo que yo me arrodillara.