—Todavía crees que estamos hablando de maquillaje.
—Porque tú conviertes cualquier comentario en una tragedia.
—Me comparaste con una prostituta delante de las personas que estaban preparando nuestra boda.
—Yo no dije exactamente eso.
—Dijiste que parecía una mujer que alguien recoge de madrugada en un bar.
—Fue una expresión.
—También insinuaste que me acosté con medio mundo en Italia.
—Estaba enojado.
—Mauricio, una persona enojada puede decir algo injusto. Pero tú llevas semanas intentando hacerme sentir defectuosa.
Él caminó por la sala, nervioso.
—Sólo quería que te esforzaras.
—Yo me esfuerzo.
—No físicamente.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Gracias.
—Ya estás otra vez con el sarcasmo.
—No. Gracias de verdad. Cada frase que dices me ayuda a estar más segura.
Mauricio dejó de caminar.
—¿Entonces vas a tirar cinco años a la basura?
—No fueron basura.
Eso lo desconcertó.
Valeria continuó:
—Tuvimos momentos maravillosos. Te quise muchísimo. Aprendí cosas contigo. Pero que una relación haya tenido cosas buenas no significa que esté obligada a convertirla en un matrimonio.
—Mi mamá tenía razón.
Valeria levantó las cejas.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti. Siempre has sido demasiado orgullosa.
Por primera vez aquella tarde, Valeria sonrió.
—Puede ser.
—Te vas a quedar sola por no aceptar una simple crítica.
—Quizá.
—¿Y eso no te preocupa?
Valeria pensó en su departamento, su trabajo, sus amigos, sus viajes, sus domingos tranquilos, su libertad para vestirse como quisiera.
Luego imaginó una casa con Mauricio.
Elena opinando sobre el largo de su cabello.
Mauricio vigilando su plato porque podía engordar.
Comentarios sobre la ropa después de un embarazo.
Críticas cuando aparecieran las primeras arrugas.
Comparaciones con otras mujeres.
Y, peor todavía, la posibilidad de tener una hija que creciera escuchando que una mujer debía ser suficientemente hermosa para evitar que su marido buscara a otra.