“¿No te parece que te has descuidado demasiado para ser una novia?”, me preguntó mi futuro esposo frente a toda la familia, después de decir que había engordado. A pocas semanas de la boda, respiré hondo y no hice ninguna escena. Pero cuando escuché a su madre llamarme “una mujer sin gracia” y él guardó silencio, supe que todavía faltaba descubrir algo mucho peor.

Al final comprendió que aquella mujer nunca había existido.

Porque incluso si cambiaba el cabello, el maquillaje, la ropa o el peso, siempre aparecería una nueva condición.

Así que decidió conservar algo mucho más importante que una boda perfecta:

A sí misma.

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