Organicé su traslado a Guadalajara y pagué su tratamiento.

Cuando don Ernesto volvió a abrazar a su hijo después de tantos años, creí que aquello era el final feliz que la vida le debía.

Me equivoqué.

Durante los estudios médicos, un doctor me hizo una observación extraña.

—Señora Mariana, ¿está segura de que Daniel no es pariente suyo?

—Completamente.

El médico sonrió.

—Pues se parecen muchísimo.

Aquella frase no habría significado nada…

si Daniel y yo no hubiéramos descubierto después que compartíamos exactamente la misma fecha de nacimiento.

Solicitamos una prueba genética.

Y cuando recibí el resultado, tuve que leerlo tres veces.

Daniel y yo no sólo éramos parientes.

Éramos hermanos.

Más específicamente…

gemelos.

Y sólo había una persona viva que podía explicarme cómo era posible.

Don Ernesto.

PARTE 3

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