Lo que jamás imaginó fue que, dentro de aquella tumba, yo no iba a perder una vida.
Iba a encontrar otra.
Encontré a mi padre.
Encontré a mi hermano.
Encontré al hombre con quien formaría una familia.
Y, sobre todo, me encontré a mí misma.
Por eso, cada vez que alguien me pregunta cuándo volví realmente a vivir, nunca respondo que fue cuando don Ernesto abrió el ataúd.
Fue mucho después.
Fue el día en que entendí que haber sobrevivido no me obligaba a pasar el resto de mi existencia teniendo miedo.
Porque hay personas que entran en nuestra vida para enterrarnos.
Y hay otras que, aun sin conocernos, escuchan un golpe débil debajo de la tierra…
y deciden no marcharse.