Yo no permití que lo hicieran.
—Ese perro se queda conmigo.
Nadie discutió.
¿Cómo iba a celebrar una nueva vida dejando fuera al animal que había impedido que terminara la anterior?
Tiempo después nació nuestra hija.
La llamamos Lucía, como mi madre biológica.
Daniel siguió recuperándose hasta volver a caminar con independencia en trayectos cortos.
Don Ernesto dejó la caseta del cementerio, aunque seguía visitando el lugar cada semana.
No para trabajar.
Iba a llevar flores a la tumba de nuestra madre.
A veces lo acompañábamos Daniel y yo.
En cuanto a Ricardo y Patricia, ya no hubo sobres, amenazas ni historias inventadas capaces de borrar lo que habían hecho. La grabación, los documentos irregulares, mi testimonio, el de don Ernesto y las demás pruebas reunidas permitieron que ambos enfrentaran finalmente las consecuencias de sus decisiones.
Durante mucho tiempo creí que mi peor recuerdo sería el sonido de la tierra cayendo sobre mi ataúd.