Javier me miró sorprendido.
Después bajó la vista.
—Mariana… ¿estás segura?
Sentí que todo dentro de mí se cerraba.
—¿Segura de qué?
Él entendió demasiado tarde cómo había sonado.
—No, no. No estoy diciendo que…
—¿Crees que es de otro hombre?
Me levanté.
—Después de todo lo que viví, no voy a comenzar otra relación teniendo que demostrar quién soy.
Javier intentó incorporarse.
—Mariana, por favor. Escúchame.
Me detuve.
—Mi exesposa y yo estuvimos casados seis años —dijo—. Intentamos tener hijos, o al menos eso creía yo. Ella siempre me aseguró que el problema era mío. Que yo no podía ser padre.
—¿Te hiciste estudios?
—No. Fui un imbécil. Le creí.
Lo miré durante unos segundos.
Por primera vez entendí que detrás de sus cicatrices visibles también había otras.
—Entonces no dudaste de mí.