Mi esposo había informado de mi “muerte” diciendo que yo había sufrido una complicación repentina y que, por recomendación familiar, realizarían un entierro privado.
Conveniente.
Perfectamente conveniente.
—Tiene que denunciarlos —dijo don Ernesto.
—Lo haré. Pero necesito que primero hablen.
Ricardo podía negar todo.
Patricia también.
Yo necesitaba algo imposible de explicar.
Una confesión.
Tres días después, mientras el país entero seguía creyendo que Mariana Ortega estaba enterrada, don Ernesto llamó a Ricardo.
—Señor, tenemos que hablar de su esposa.
Hubo un largo silencio al otro lado.
—¿Qué pasa?
—Cuando estaba terminando el entierro escuché golpes.
Don Ernesto hizo una pausa.
—Creo que su mujer seguía viva cuando llegó aquí.