Ricardo había organizado mi funeral con tanta prisa que nadie tendría oportunidad de preguntar nada.
Entonces cayó sobre la tapa el primer puñado de tierra.
El sonido fue pequeño.
Pero jamás olvidaré cómo sonó.
Luego otro.
Y otro.
Bruno comenzó a ladrar desesperadamente.
El hombre intentó apartarlo, pero el perro saltó dentro de la fosa y empezó a rascar la tapa con furia.
Yo reuní la poca fuerza que regresaba a mi cuerpo.
Moví un dedo.
Después la mano.
Golpeé una sola vez desde dentro.
Muy débilmente.
El ladrido se detuvo.
—¿Qué fue eso? —murmuró el sepulturero.
Volví a golpear.
Esta vez él también lo escuchó.
Hubo unos segundos de silencio.
Luego el hombre gritó:
—¡Julián! ¡Regresa! ¡Ayúdame a sacar este ataúd!
Y mientras unas manos retiraban frenéticamente la tierra que acababan de echar sobre mí, sólo podía pensar una cosa: