Recobré el conocimiento durante mi propio funeral y lo primero que reconocí fue la voz de mi esposo: “Échenle tierra de una vez, aquí ya no hay nada que ver”. Yo no podía gritar ni levantar una mano, pero escuché perfectamente cuando mencionó la herencia que mi padre me había dejado. Minutos después, un perro empezó a rascar mi ataúd… y aquello estuvo a punto de destapar algo mucho peor que una infidelidad.

Ahora sabía cuánto valían sus palabras.

Se acercó un hombre mayor.

—¿No va a venir más familia?

—No —contestó Ricardo.

—¿Y no quieren abrir el féretro para despedirse?

Por dentro grité con todas mis fuerzas.

¡Sí!

¡Ábralo!

¡Estoy viva!

Pero Ricardo respondió:

—No hace falta. Ya sufrimos suficiente. Mejor entiérrela.

Escuché cómo se alejaban.

Ni lágrimas.

Ni oraciones.

Ni una despedida.

Sólo los pasos de mi esposo marchándose con mi mejor amiga.

Después oí otra cosa.

Un perro.

Primero olfateó alrededor. Luego empezó a gemir. Sus patas rasparon la madera.

—Bruno, déjate de cosas —dijo el hombre mayor—. Ven acá.

El perro no obedeció.

Los trabajadores comenzaron a bajar el ataúd.

Sentí el movimiento.

Después, un golpe seco.

Había llegado al fondo de la fosa.

El pánico me invadió.

Pensé en mi madre fallecida. En mi padre. En todos los amigos que probablemente ni siquiera sabían que supuestamente había muerto.

Ricardo había organizado mi funeral con tanta prisa que nadie tendría oportunidad de preguntar nada.

Entonces cayó sobre la tapa el primer puñado de tierra.

El sonido fue pequeño.

Pero jamás olvidaré cómo sonó.

Luego otro.

Y otro.

Bruno comenzó a ladrar desesperadamente.

El hombre intentó apartarlo, pero el perro saltó dentro de la fosa y empezó a rascar la tapa con furia.

Yo reuní la poca fuerza que regresaba a mi cuerpo.

Moví un dedo.

Después la mano.

Golpeé una sola vez desde dentro.

Muy débilmente.

El ladrido se detuvo.

—¿Qué fue eso? —murmuró el sepulturero.

Volví a golpear.

Esta vez él también lo escuchó.

Hubo unos segundos de silencio.

Luego el hombre gritó:

—¡Julián! ¡Regresa! ¡Ayúdame a sacar este ataúd!

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