Los últimos recuerdos llegaron desordenados. La noche anterior había cenado en nuestra casa de Guadalajara con mi esposo, Ricardo. Nuestra amiga de años, Patricia, había pasado supuestamente a dejarnos unos documentos. Después de cenar empecé a sentirme extraña. Recuerdo que Ricardo me sostuvo cuando las piernas me fallaron.
—Descansa, amor. Seguro te cayó mal algo.
Luego, nada.
Hasta ese ataúd.
Cuando finalmente dejaron de moverme, escuché pasos y dos voces conocidas.
Ricardo.
Y Patricia.
Sentí alivio durante unos segundos. Pensé que abrirían la tapa, notarían que seguía viva y todo acabaría.
Pero Patricia se rio.
—Al fin. Cuando la entierren podremos dejar de fingir.
—Y podremos disfrutar lo que dejó su padre —respondió Ricardo—. Aguanté demasiados años por esto.
En ese instante entendí.
Mi padre había muerto dos años antes y me había dejado propiedades, inversiones y una casa en Zapopan que estaban exclusivamente a mi nombre. Ricardo siempre decía que el dinero no le importaba.