Miré hacia los árboles de mi jardín, esos que Daniel había cuidado durante tantos años.
—Esto
apenas es el comienzo.
Uno de los agentes se acercó a Mónica.
—Señora, necesitamos hablar con usted sobre la fruta que tiene en su propiedad.
Mónica intentó responder.
Pero antes de que pudiera hacerlo, Ben tiró suavemente de mi manga.
—Mamá…
—¿Qué pasa?
Señaló la vieja escalera de Daniel, todavía apoyada junto a nuestra cerca.
—Papá siempre decía que había una cosa que nunca debíamos olvidar.
—¿Qué cosa?
Ben tragó saliva.
—Que cuando alguien toma algo que no le pertenece… hay que mirar primero por qué lo hizo.
Lo miré sorprendida.
Porque entonces recordé algo que Daniel me había dicho pocos días antes de morir.
Y de repente, entendí que quizá Mónica no había robado nuestra cosecha solamente por dinero.
Había algo más.
Algo que Daniel había descubierto antes de morir.
Y esa noche, mientras revisaba sus viejas herramientas, encontré una pequeña caja de metal escondida debajo del banco de
trabajo.
Dentro había una llave.
Y una nota con mi nombre.
Capítulo 3 — El secreto de Daniel
No dormí aquella noche.
La pequeña llave descansaba sobre la mesa de la cocina, junto a la nota de Daniel.
“Claire, si alguna vez desaparece nuestra cosecha, abre el cobertizo.”
Leí esas palabras tantas veces que terminaron perdiendo sentido.
¿Por qué Daniel había escrito aquello?
¿Y cuándo?
Me puse una chaqueta y salí al jardín.
Ben dormía arriba con su hermana. No quería despertarlos.
El cobertizo estaba al fondo de la propiedad, detrás de los árboles de manzana. Daniel casi nunca me dejaba entrar allí cuando estaba trabajando. Siempre decía que era un desastre y que yo terminaría tropezando con alguna herramienta.
Introduje la llave.
La cerradura hizo clic.
Abrí la puerta.
El olor a madera, tierra y aceite me golpeó de inmediato.
Todo estaba exactamente como Daniel lo había dejado.
Su vieja
caja de herramientas.
Sus guantes.
Una radio pequeña.
Y, sobre una estantería, varias cajas de cartón.
Empecé a revisar una por una.
Hasta que encontré una carpeta azul.
En la portada estaba escrito:
“Propiedad y cosecha — Mónica.”
Sentí un escalofrío.
Abrí la carpeta.
La primera página era una copia de un correo electrónico.
La segunda, fotografías.
La tercera, documentos.
Y entonces entendí.
Mónica no había comenzado a robar nuestras frutas aquella semana.
Daniel llevaba meses vigilándola.
Había fotografías de la cerca rota.
Fotografías de Mónica entrando en nuestra propiedad.
Incluso había imágenes de cajas llenas de manzanas siendo transportadas desde nuestro huerto hasta el garaje de Mónica.
Pero había algo todavía más extraño.
Al fondo de la carpeta había una factura.
Era de una empresa inmobiliaria.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
La factura correspondía a un estudio de límites de terrenos.
Y el nombre del cliente era…
Mónica.
No puede ser —susurré.
Seguí leyendo.
Mónica había intentado comprar una pequeña parcela que pertenecía a nuestra familia.
La parcela donde estaban los árboles más antiguos.
Los mismos árboles que Daniel había heredado de su padre.
Pero Daniel se había negado a vender.
Entonces encontré una carta escrita a mano.
Reconocí inmediatamente su letra.
“Claire, si estás leyendo esto, significa que algo pasó y que yo ya no estoy aquí para explicártelo.”
Tuve que sentarme.
Continué.
“No quiero que pelees con Mónica. Ella cree que nuestra tierra vale mucho más de lo que imaginas. Pero no es solo por las manzanas.”
Mis manos comenzaron a temblar.
Pasé a la siguiente página.
“Hace seis meses descubrí que debajo de la parte norte del huerto hay algo que podría cambiar el valor de nuestra propiedad.”