—Perfecto.
Mónica frunció el ceño.
—¿Qué significa “perfecto”?
—Que seguramente tendrás un recibo.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—Si compraste toda esa fruta, tendrás alguna prueba. Una factura, un mensaje, una transferencia… algo.
Algunos vecinos comenzaron a acercarse.
Mónica miró alrededor, cada vez más nerviosa.
—No tengo que demostrarte nada.
—A mí, no.
Señalé el teléfono que llevaba en la mano.
—Pero quizá sí tengas que explicárselo al agente que viene en camino.
El silencio cayó sobre la calle.
Mónica palideció.
—¿Llamaste a la policía?
—Sí.
Por primera vez desde que la conocía, no tuvo ninguna respuesta sarcástica.
Solo me miró.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Un hombre mayor que vivía tres casas más abajo levantó la mano.
—Yo compré una bolsa de manzanas de ella esta mañana.
Mónica giró rápidamente.
—¡No metas las narices!
El hombre negó con la cabeza.
—Me dijiste que eran de tu huerto.
Otra vecina habló desde
detrás de él.
—A mí también me ofreció peras.
Mónica empezó a ponerse roja.
Pero yo todavía no había terminado.
Saqué un pequeño sobre del bolsillo de mi chaqueta.
Dentro estaba la copia de un documento que Daniel había guardado durante años.
Era el plano de nuestra propiedad.
El límite de la parcela estaba marcado con tinta roja.
Y la cerca que Mónica había cruzado aparecía claramente en el documento.
—Daniel siempre decía que un hombre debe conocer lo que posee y protegerlo para sus hijos —dije—. Yo no sabía que tendría que aprender a hacerlo sola.
Mónica bajó la mirada.
En ese momento, un coche se detuvo frente a nuestras casas.
Dos agentes bajaron.