te enviaba mensajes cuando aterrizaba su avión. Aún recordaba qué crema para el café te gustaba. Pero se había vuelto vigilante, con pequeños detalles que a veces resultaban agotadores. Protegía su maleta. Era cuidadoso con su teléfono. Siempre evitaba hacer preguntas. Se convirtió en uno de esos hombres que siguen cumpliendo con su rol de esposo mientras, en silencio, se desconectan de su interior.
El olor comenzó a percibirse tres meses después de que nos mudáramos a esa nueva distancia.
Al principio te preguntaste si venía de su equipaje. Luego de sus zapatos. Después de algo en el armario. Pero por más que revisabas, el olor siempre se concentraba en un solo lugar. Su lado de la cama. Profundo, profundo, impregnado.
Una noche, alrededor de las dos de la madrugada, te despertaste con el corazón acelerado.
La habitación estaba oscura, salvo por el rayo de luz anaranjada que se filtraba
por las persianas. Miguel roncaba a tu lado, con un brazo cruzado sobre el pecho. El olor era tan fuerte que casi te dieron arcadas. No de forma exagerada. No fue una reacción teatral. Simplemente un repentino espasmo involuntario de la garganta que te hizo llorar.
Te levantaste de la cama y te quedaste allí de pie en la oscuridad, tapándote la boca con la mano.
Olía a plástico húmedo, podredumbre, moho y algo más debajo. Algo metálico y agrio. Algo que había permanecido oculto demasiado tiempo.
Miguel se removió. “¿Qué estás haciendo?”
“No puedo respirar aquí dentro.”
Se giró hacia ti, con el rostro ensombrecido e ilegible. «Ana. Vuelve a dormir».
“Esta cama tiene algún problema.”
“No, no la hay.”
La seguridad en su voz era más aterradora que cualquier negación. Porque no sonaba a conjetura. Sonaba a orden.