No.
Yo sabía exactamente qué había firmado antes de viajar.
Susan llevaba meses insistiendo en que organizara mis documentos personales. Después de enviudar, había dejado muchos papeles de Richard en una caja, otros en un cajón y algunos en una carpeta que casi nunca tocaba. Antes de irme a Londres, por fin había puesto todo en orden.
La escritura de la casa estaba ahí.
Mis documentos personales estaban ahí.
Los papeles que necesitaban mi firma estaban ahí.
Y no había firmado una autorización para vender mi casa.
Eso era lo que Daniela no sabía.
O quizá David sí lo sabía y por eso habían esperado a que yo estuviera fuera.
El taxi se detuvo frente al lugar donde iba a pasar aquella noche. Pagué, saqué la maleta y subí lentamente.
No lloré.
Todavía no.
Abrí el mensaje de Daniela otra vez.
Había algo más debajo de la primerafrase.
«David dijo que si no lo hacíamos, perderíamos todo. Yo pensé que tú habías aceptado.»
Me quedé mirando la pantalla.
Todo.
Era la misma palabra que había utilizado él cuando me dijo que la familia se apoyaba.
La misma palabra que había utilizado mi hija para justificar que entregara mi casa.
Pero una deuda de David no podía convertir automáticamente mis cuarenta años de vida en su solución.
Eso lo sabía incluso antes de revisar los documentos.
Esa noche dormí poco.
A las seis de la mañana ya estaba sentada junto a una mesa, con mis papeles extendidos delante de mí.
No abrí la carpeta de inmediato.
Primero saqué la fotografía de Richard que llevaba años guardando entre dos hojas.
En ella aparecíamos frente a la casa, mucho antes de que yo quedara viuda.