Durante la cena, mi nuera pidió langosta para todos excepto para mí y dejó solo un vaso de agua frente a mi asiento

Nunca se lo dije.

No quería que creciera sintiendo que me debía algo.

Cuando entró a la universidad, vendí el pequeño automóvil que tenía y durante casi 1 año me moví en transporte público.

Mauricio jamás lo supo.

O quizá lo olvidó.

—Mamá —dijo finalmente—. No hagas una escena.

Lo miré.

—No estoy haciendo ninguna escena.

—Entonces déjalo así.

Renata se acomodó el cabello detrás de la oreja.

—Exactamente. Además, tienes que empezar a entender ciertas cosas.

—¿Qué cosas?

Ella miró primero a sus padres, como buscando aprobación.

—Que Mauricio está en otra etapa. Tiene contactos importantes. Reuniones importantes. Nosotros necesitamos cuidar cierta imagen.

Sentí que algo frío me recorría el pecho.

—¿Nosotros?

—Nuestra familia.

La palabra cayó sobre la mesa con una precisión cruel.

Yo no formaba parte de su familia.

Patricia empezó a hablar de departamentos en Santa Fe, viajes a Europa y personas que, según ella, habían desperdiciado su vida porque jamás aprendieron a hacer dinero.

Renata la escuchaba fascinada.

Mauricio bebía vino.

Yo tenía agua.

Entonces Renata vio la caja que estaba junto a mi silla.

—¿Qué trajiste?

—Un pastel de fresas para Camila.

Camila, mi nieta de 5 años.

—Ay, Elena. Te dije que ya no le compráramos cosas de ese tipo.

—Es su favorito.

—Estamos intentando que conozca cosas mejores.

La miré durante varios segundos.

No me dolió que despreciara el pastel.

Me dolió imaginar el día en que mi nieta empezara a mirar a una persona humilde con los mismos ojos.

—¿Y qué consideras mejor? —pregunté.

Renata señaló la mesa.

—Esto.

Su padre rio.

—Hay que decirlo como es. El cariño es muy bonito, pero no abre puertas.

Renata me sostuvo la mirada.

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