Pero había más.
Su madre había escrito:
“Adrian, si amas a Claire, deja de tomar decisiones por ella. No confundas proteger a alguien con decidir su vida.”
Bajé lentamente la carta.
—¿Por qué nunca me enseñaste esto?
—Porque la encontré después de nuestro divorcio.
—¿Y por qué me la das ahora?
—Porque ya no tengo derecho a ocultarte nada.
Aquella respuesta me sorprendió.
No porque solucionara el pasado.
Sino porque era la primera vez que Adrian admitía que había sido él quien había construido el muro entre nosotros.
Tres días después, fui a mi apartamento de Brooklyn.
Pensé que por fin tendría paz.
Pero al abrir la puerta encontré a Marco esperando en el pasillo.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito decirte algo.
—Si es sobre Adrian, no quiero escucharlo.
—No es sobre él.
Eso consiguió detenerme.
Marco sacó su teléfono.
—Hace dos meses, Adrian no pidió el divorcio porque dejara de amarte.
Lo miré.
—¿Entonces por qué?
—Porque recibió una amenaza.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué clase de amenaza?
Marco bajó la voz.
—Alguien estaba investigando a tu familia.
Me quedé inmóvil.
—¿Mi familia?
—Tu padre tuvo negocios con personas peligrosas hace años. Adrian descubrió que alguien quería utilizarte para llegar hasta él.
Mi cabeza empezó a dar vueltas.
—¿Y nunca me dijo nada?
—Pensó que si te alejaba de él, te mantendría a salvo.
Solté una risa sin humor.
—Eso no es protección.
—Lo sé.
—Eso es decidir por mí.
Marco bajó la mirada.
—También lo sabe ahora.
Entonces me entregó otro documento.
Era un informe privado.
Había fotografías de mi edificio.
De mi antiguo trabajo.
Incluso de mí entrando al supermercado.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Cuánto tiempo?