Parte 1
Mi maleta seguía junto a la puerta cuando mi hija de 8 años me dijo algo que convirtió mi regreso a casa en una pesadilla.
—Papá… me duele mucho la espalda. Mamá dijo que no te contara.
Llevaba menos de 15 minutos en casa.
Había regresado esa tarde de Monterrey después de 6 días revisando una obra para la empresa donde trabajaba como gerente de proyectos.
Mi saco seguía sobre el respaldo del sofá.
Ni siquiera había abierto la maleta.
Pero desde que entré a nuestra casa en Querétaro sentí que algo estaba mal.
Normalmente, Valentina escuchaba mi coche desde la esquina.
Antes de que pudiera meter la llave, ya estaba detrás de la puerta esperando para lanzarse a mis brazos.
Ese día no hubo pasos corriendo.
No hubo gritos de:
—¡Papá!
No hubo dibujos nuevos pegados en el refrigerador.
Solo silencio.
—¿Vale?
Nada.
Entonces escuché su voz desde el pasillo.
—Papá…
Me giré.
Valentina estaba medio escondida detrás de la puerta de su habitación.
Traía una pijama azul con estrellas aunque todavía no eran ni las 6 de la tarde.
Tenía los hombros rígidos.
Los ojos clavados en el piso.
Y cuando levantó la mirada, sentí un golpe en el pecho.
Parecía asustada de verme.
—¿Qué pasó, corazón?
Dejé la maleta y caminé hacia ella.
Valentina retrocedió.
Me detuve inmediatamente.
—Soy yo.
Me arrodillé a unos pasos.
—No voy a acercarme si no quieres. Solo dime qué pasa.
Sus dedos apretaron la orilla de su camiseta.
—Prométeme que no vas a gritar.
—Te lo prometo.
—Y que no te vas a enojar conmigo.
Algo dentro de mí empezó a helarse.
—Nunca me enojaría contigo por decirme la verdad.
Valentina miró hacia la cocina antes de susurrar: