Las fotografías médicas.
La libreta.
Los reportes escolares.
Incluso la maestra de Valentina recordó varias ocasiones en que mi hija había evitado participar en educación física porque decía que le dolía el cuerpo.
Mariana afirmó que todo había sido sacado de contexto.
Después dijo que estaba bajo demasiado estrés.
Luego aseguró que yo estaba utilizando la situación para obtener la custodia.
Su abogado sostuvo que algunos moretones podían provenir de juegos infantiles.
Pero había un problema.
Las fechas escritas por Mariana coincidían con varias lesiones.
Una de las anotaciones hablaba de haber sujetado a Valentina con fuerza del brazo un jueves.
En una fotografía escolar tomada 2 días después aparecía una marca violácea exactamente en esa zona.
Otra entrada mencionaba:
Hoy tuve que empujarla porque no dejaba de desafiarme.
Era de 3 semanas antes de mi regreso.
La evaluación médica documentaba una lesión en proceso de desaparición compatible con ese periodo.
Ya no estábamos hablando de versiones.
Había un patrón.
La jueza familiar mantuvo la custodia provisional conmigo y prohibió cualquier contacto no supervisado entre Mariana y Valentina mientras continuaban los procesos.
La Fiscalía siguió investigando por violencia familiar.
Yo dejé de viajar.
Mi jefe me ofreció cambiar temporalmente de puesto.
Acepté sin pensarlo.
Ganaba menos.
No me importaba.
Cada tarde llegaba por Valentina a la escuela.
Al principio siempre salía mirando hacia ambos lados.
Como si esperara encontrar a su madre estacionada enfrente.
Después comenzó a correr hacia mí.
Ese pequeño cambio valía más que cualquier ascenso que hubiera tenido.
También empezamos terapia.
La primera vez que la psicóloga me pidió entrar a una sesión, Valentina estaba dibujando una casa.