PARTE 1
“Invítenla. Quiero que vea con sus propios ojos lo que perdió.”
Eso dijo doña Dolores Mendoza la mañana en que mandó imprimir una invitación color marfil con letras doradas y el escudo familiar grabado en relieve. No era una invitación común. Era una puñalada elegante, perfumada con flores caras y enviada por mensajería privada hasta una colonia tranquila de Morelia.
La destinataria era Mariana Ríos.
Cuatro años atrás, Mariana había amado a Sebastián Mendoza con una fe tan limpia que parecía imprudente. Él era heredero de una cadena de hoteles en Los Cabos, Cancún y Valle de Bravo. Su apellido abría puertas, conseguía mesas sin reservación y hacía que los meseros bajaran la voz cuando su madre entraba a un restaurante.
Mariana no tenía nada de eso.
Era hija de un mecánico jubilado y de una maestra de primaria. Había estudiado pedagogía, daba clases por la