La orden de esconderse
Esa noche, bajo los candelabros del salón, Julian fue aún más lejos. Le susurró que se quedara cerca de la cocina o los baños, que no se presentara como su esposa y que, si alguien preguntaba, dijera que trabajaba en el evento. Elena, dolida, se aferró instintivamente al viejo collar de plata en forma de medio sol que colgaba de su cuello, un regalo de Rosa poco antes de morir.
Ese collar era su único vínculo con su origen. Rosa le había contado que la encontraron después de un incendio hace tres décadas, con una quemadura en la clavícula y aquella joya apretada en su pequeña mano.
La llegada del magnate
La calma del salón se rompió cuando entró Richard Kensington, el multimillonario de las telecomunicaciones y dueño de Whitmore Corporation, acompañado de su hermana mayor, Eleanor. Julian corrió a saludarlo y, a regañadientes, llamó a Elena, presentándola apenas como una «ayudante» del evento.