Nunca se quejaba.
—El trabajo no humilla a nadie, hijo —solía decirle—. Lo que humilla es tratar a alguien como si valiera menos por hacerlo.
Aquella frase volvió a su cabeza con una fuerza que no esperaba.
Esa noche, Alejandro evitó a Valeria.
Ella estaba demasiado ocupada hablando con la organizadora de bodas para notarlo.
Al día siguiente, él bajó temprano.
Marisol ya preparaba el desayuno de su abuela, doña Elvira, una mujer de 79 años que vivía con ellos desde que había sufrido una caída.
Alejandro observó cómo Marisol separaba sus medicamentos, calentaba una tortilla sin aceite porque sabía que a Elvira le caían mejor así y preparaba un vaso de agua.
—¿Mi abuela está bien? —preguntó.
Marisol volteó sorprendida.
—Sí, señor Alejandro. Le duele un poco la rodilla cuando despierta, pero después de caminar mejora.
Alejandro frunció el ceño.