—Lo sé. Pero quiero hacerlo.
Marisol sonrió apenas.
Alejandro también pidió al administrador que aumentara discretamente su salario.
No parecía gran cosa.
Pero Valeria lo notó.
Una noche, mientras cenaban, Alejandro le preguntó a Marisol cómo seguía Mateo, su hermano de 12 años, a quien ayudaba a mantener desde que su madre enfermó.
Valeria dejó lentamente el tenedor.
Cuando Marisol salió de la habitación, preguntó:
—¿Desde cuándo sabes tanto de su vida?
—Desde que empecé a preguntarle.
—Antes nunca lo hacías.
Alejandro tomó agua.
—Tal vez debí hacerlo antes.
Valeria sonrió.
Pero sus ojos no.
A partir de entonces comenzó a cambiar.
Delante de visitas llamaba a Marisol “mi niña” y elogiaba su trabajo.
Cuando nadie importante estaba presente, su voz se endurecía.
El lunes siguiente pidió a Marisol organizar las invitaciones pendientes por ciudad.
Horas después, frente a Alejandro, fingió sorpresa.
—Te pedí que las ordenaras alfabéticamente.
Marisol palideció.
—Señora, usted dijo por ciudad.
Valeria soltó una pequeña risa.
—No inventes cosas, Marisol. Hazlo otra vez.
Alejandro observó.