A 3 semanas de casarse, volvió temprano a casa con flores para sorprender a su prometida. Pero antes de entrar en la cocina la vio derramar vino a propósito sobre el suelo que la empleada acababa de limpiar. “Límpialo otra vez”, ordenó ella. Él retrocedió sin hacer ruido y ocultó que lo había visto. Lo que descubrió durante los días siguientes fue mucho peor.

Primero con Carmen, la cocinera.

—No quiero causarle problemas, señor Alejandro —dijo ella.

—No vas a causarlos. Solo dime la verdad.

Carmen respiró hondo.

—La señorita Valeria es muy amable cuando hay gente. Pero cuando estamos solos cambia. A mí una vez me pidió preparar comida para 6 personas. Después llegaron 10 y dijo frente a su mamá que yo había olvidado a 4 invitados.

—¿Y tú qué hiciste?

—Nada. ¿Qué podía hacer?

Luego habló con Óscar, el chofer.

—Me dejó esperando casi 2 horas afuera de una plaza —contó—. Después llegó enojada porque supuestamente yo había aparecido tarde. Cuando intenté mostrarle los mensajes, me dijo que no fuera irrespetuoso.

Don Ernesto, el jardinero, contó algo parecido.

Una instrucción dada de cierta manera.

Después negada.

Una equivocación fabricada.

Una reprimenda frente a otras personas.

Todos habían guardado silencio por miedo a perder el trabajo.

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