Cada chamarra.
Cada bolsillo.
Dentro del pantalón gris que había usado aquella madrugada encontré un teléfono diminuto.
Sin contraseña.
Abrí la galería.
La primera foto era mía saliendo de un café en Polanco.
La segunda, comprando fruta.
La tercera, entrando a mi oficina.
Después aparecieron fotografías tomadas dentro de mi propia casa.
Yo trabajando.
Yo sirviéndome agua.
Yo dormida en el sofá.
Yo saliendo del baño envuelta en una bata.
Sentí ganas de vomitar.
Había cientos.
El último archivo era un video grabado la noche anterior.
Sebastián aparecía junto a nuestra cama.
Yo dormía detrás de él.
Frente a Sebastián había otro hombre.
Misma altura.
Mismo cabello.
Mismos hombros.
El desconocido se giró ligeramente.
Se me cayó el teléfono.
Tenía la cara de mi esposo.
—Esta es la última vez —decía aquel hombre.
Sebastián le entregaba ropa.
—¿Seguro que no despertará?
—Le diste suficiente medicamento.
Sebastián miró hacia donde yo dormía.
Entonces dijo:
—Mañana tú vas a convertirte oficialmente en Sebastián Salgado.
El video terminó.
En ese mismo instante escuché la cerradura.
—Usuario 3 identificado.
La puerta se abrió.
Sebastián había vuelto 2 horas antes de lo normal.
Guardé el teléfono debajo de mi blusa.
Él entró sonriendo.
—La policía está revisando la oficina. Preferí regresar.
Miré su mano.
Había abierto la puerta usando la tercera huella.
Retrocedí.
Afortunadamente, mi celular sonó.
Era el detective Robles.
Nos pidió presentarnos de inmediato.
En la comandancia nos mostró una imagen tomada por una cámara de tránsito.
El conductor de la camioneta tenía exactamente la cara de Sebastián.