— ¿Cuánto has recibido por mí?
Joaquín guardó silencio. Y ese silencio fue más elocuente que cualquier palabra.
Los días siguientes se convirtieron en una preparación extraña y humillante. Le dieron vestidos viejos, le leyeron exhortaciones sin sentido, la obligaron a escuchar oraciones.
El padre Esteban aseguraba que era la voluntad de Dios. Vicente Salazar parecía satisfecho, como si hubiera cerrado un negocio ventajoso.
Nadie preguntaba qué quería Lucía. A nadie le interesaba su miedo. Pero dentro de ella surgía poco a poco otro sentimiento: aún no esperanza, sino una claridad fría. Si iban a arrancarla de su vida anterior, al menos entraría en la nueva con los ojos abiertos.
La boda fue corta e incómoda. Sin flores, sin música, solo unas pocas personas que observaban lo que ocurría con curiosidad y alivio, como si fueran testigos de cómo desaparecía el problema ajeno.
Fue precisamente allí donde Lucía vio por primera vez a Nantan. Estaba de pie junto a ella: alto, silencioso, con una trenza oscura que le caía por la espalda.

Su rostro era severo y curtido por el sol, pero no había en él la crueldad que le habían descrito. No sonreía y casi no la miraba. Cuando la ceremonia terminó, simplemente extendió la mano para ayudarla a subir al caballo.
El camino hacia su casa transcurrió en silencio. Lucía iba tensa, esperando lo peor. Cada sonido parecía un presagio de desgracia. Pero cuando llegaron, Nantan le mostró en primer lugar una pequeña habitación.
— Aquí descansarás tú — dijo en un español rudo pero comprensible. — Yo dormiré fuera.
Lucía lo miró sorprendida.
— ¿Fuera?
— Hasta que tú misma decidas otra cosa. No pienso obligarte.
1 thought on “El padre la entregó a los temibles apaches solo porque nació albina… pero nadie sospechaba siquiera qué ocurriría en el momento en que ella cruzara por primera vez el umbral de su casa.-”