El padre la entregó a los temibles apaches solo porque nació albina… pero nadie sospechaba siquiera qué ocurriría en el momento en que ella cruzara por primera vez el umbral de su casa. 😲😨
Lucía comprendió demasiado pronto que en su pequeño asentamiento la gente no perdona lo que le parece ajeno.

Su piel era casi transparente bajo el sol abrasador, y sus ojos claros parecían poco comunes e incluso aterradores para quienes en 1876 nunca habían visto a una persona con albinismo.
Eso bastó para que la gente empezara a evitar a la niña. En la plaza hablaban de ella en susurros, como de un mal presagio.
Unos la consideraban anunciadora de desgracias, otros una vergüenza de la que era mejor no hablar en voz alta. Las mujeres se santiguaban cuando ella pasaba. Los niños repetían crueles rumores sin entender su significado.
Y su padre, Joaquín, miraba a su hija como si fuera una pesada carga de la que no podía librarse de ninguna manera.
Cuando la madre faltó, Lucía era todavía una niña, y la casa perdió definitivamente todo calor. El padre rara vez levantaba la mano contra ella, pero su indiferencia hería no menos.
Respondía con un silencio frío, evitaba su mirada y con todo su comportamiento daba a entender: la vida podría haber sido mucho más fácil si ella no hubiera nacido.
Lucía aprendió pronto a no esperar nada. El único consuelo fueron los libros que su madre había escondido antaño en un viejo baúl.