Valeria descubrió a su hermano en la entrada y se acercó de inmediato.
—Qué bueno que llegaste. Tenemos que hablar de esa mujer. No sabes quién es ni lo que busca.
Lucía se levantó nerviosa. Los muchachos, en cambio, miraron a su padre con una emoción tímida.
—Papá… volviste —dijo Mateo, sin el rencor de otros días.
Eduardo apartó la mano de Valeria y observó a sus hijos, a la empleada y la luz que había regresado a aquella casa.
—No despedirás a nadie —sentenció—. Primero voy a descubrir qué está pasando aquí.
Valeria sonrió con aparente calma, pero apretó el bolso contra su cuerpo. Dentro llevaba una copia de la llave del estudio y una decisión que podía destruirlos a todos.