Mariana cruzó los brazos.
“No voy a perdonarla hoy solo porque por fin encontró las palabras correctas.”
Dolores bajó la mirada.
“Lo entiendo.”
“Mis hijos no son premio para abuelas arrepentidas. Si algún día los conoce, será despacio. Y si los mide como me midió a mí, no los volverá a ver.”
“Acepto.”
Mariana no le creyó por completo. Pero creyó que, quizá, la vergüenza había empezado a abrirle una grieta a su orgullo.
El momento que todos recordaron llegó 6 meses después, en la inauguración oficial del centro. Vecinos, alumnos, maestros y algunos reporteros locales se reunieron en el patio. Los trillizos corrían entre las sillas. Andrés ayudaba a acomodar a los invitados. Nora repartía agua fresca. Sebastián llegó con flores sencillas. Dolores apareció detrás, callada.