Publicó un comunicado breve, sin adornos:
“Mariana Ríos no mintió. Mis hijos existen porque ella tuvo la valentía de cuidarlos sola. Yo fallé al no buscarla y al no defenderla cuando debía. Pido respeto para ella, para Renata y, sobre todo, para los niños.”
Dolores lo llamó furiosa.
“Acabas de destruirnos.”
“No, mamá. Solo dejé de mentir.”
Durante las primeras visitas en Morelia, Sebastián entendió que la paternidad no se parecía a sus discursos de arrepentimiento. Era sentarse en el piso a armar rompecabezas. Era recordar que Diego no comía zanahoria si estaba mezclada con arroz. Era aprender que Mateo se ponía serio cuando tenía miedo y que Lucía necesitaba una lamparita encendida para dormir.
También conoció a Andrés Salgado.
Andrés era arquitecto, viudo, amigo de Nora y el hombre que había ayudado a Mariana cuando los bebés nacieron antes de tiempo. Había manejado de madrugada al hospital. Había pagado medicamentos cuando Mariana no aceptaba pedir ayuda. Había cargado a los trillizos cuando pesaban menos que una bolsa de pan.
Los niños lo llamaban “tío Andrés” con una confianza que Sebastián no podía comprar.
Una tarde, Diego cayó en el patio y se raspó la rodilla. Sebastián corrió primero.
“Tranquilo, campeón. Fue un susto.”
Diego lo abrazó sin pensarlo.
Sebastián se quedó congelado. Era la primera vez que uno de sus hijos lo buscaba.
Mariana observó desde la puerta. No sonrió. Pero tampoco apartó la mirada.
Esa noche, Sebastián le dijo:
“Sé que llegué tarde.”
“Sí.”
“Sé que Andrés estuvo cuando yo no.”
“Sí.”
“No voy a competir con él.”
“Más te vale”, respondió Mariana. “Él nunca compitió contigo. Él protegió lo que tú abandonaste antes de saber que existía.”