—Mi hija salió de esta casa hace cinco años con las manos suaves y la sonrisa fácil. Volvió agotada, con miedo de molestar hasta cuando pide comida para su propia hija.
Eduardo no pudo mirarla.
—Si de verdad la quieres —continuó mi madre—, deja de perseguirla para que te quite la culpa. Aprende a cargarla tú.
Después de eso, dejó de venir.
Pasaron varias semanas.
Un sábado regresaba con Sofía de comprar materiales para su escuela cuando vimos a Diego sentado junto a una jardinera.
Se veía más delgado.
Cuando nos vio, se levantó.
—Mariana.
Sofía se escondió detrás de mí.
Diego bajó la mirada.
—Quería decirte que lo siento.
No respondí.
—Mi mamá se enojó conmigo porque papá no volvió con ella. Dice que todo fue mi culpa. Ya casi no cocina. No me ayuda con la escuela. Mi papá tampoco quiere hablar conmigo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Ahora entiendo que tú eras quien hacía todo.
Yo lo había conocido siendo un niño confundido.
Durante años intenté quererlo como si fuera mío.
Precisamente por eso dolía tanto.
—Diego, lo que hiciste estuvo mal.
Asintió.
—Lo sé.
—Pero todavía eres joven. Puedes decidir qué clase de persona quieres ser a partir de ahora.
Levantó la vista, esperanzado.
—¿Entonces volverán?
—No.
Su expresión cayó.
—Perdonar algo algún día no significa regresar al lugar donde ocurrió.
Tomé la mano de Sofía.
—Cuídate, Diego.
Tres meses después, Eduardo finalmente dejó de oponerse al convenio y el proceso de divorcio siguió adelante ante el juzgado familiar.
El día de la última firma lo vi distinto.
Más delgado.
Más viejo.