«Vuelve de vacaciones, mamá no está bien», me escribió mi marido. Acepté… y regresé exactamente el día que tenía previsto.

—Vuelve de vacaciones, mamá no está bien. Leí tres veces el mensaje de Javier. Estaba sentada en la terraza de un pequeño hotel en Mallorca, con una taza de café delante. Eran poco más de las ocho de la mañana. Más allá de la barandilla, el mar brillaba bajo el sol y algunos turistas ya bajaban hacia la playa.

Era mi cuarto día de vacaciones.

Y, por primera vez en mucho tiempo, había viajado sola. Javier no había podido acompañarme. Acababa de empezar un proyecto importante en su empresa y había preferido quedarse en casa.

Habíamos pensado en cancelar el viaje, pero los billetes ya estaban pagados y el hotel apenas devolvía dinero.

—Vete, Elena —me había dicho—. Llevas meses trabajando sin parar. Disfruta.

Así que me fui.

Y ahora, cuatro días después, quería que regresara.

Le respondí inmediatamente.

—¿Qué le pasa?

Aparecieron los tres puntitos.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

—De verdad no se encuentra bien. Nos necesita.

Me incorporé en la silla.

—¿Está en el hospital?

—No.

—¿Ha ido al médico?

Hubo un largo silencio.

—Todavía no.

Fruncí el ceño.

—¿Tiene fiebre? ¿Dolores? ¿Se ha caído?

Esta vez Javier me llamó.

—Elena, ¿por qué me estás interrogando así?

—Porque acabas de pedirme que interrumpa mis vacaciones. Me gustaría saber qué está pasando.

Suspiró.

—Mamá está muy débil. Dice que tiene mareos. No quiere quedarse sola.

—¿Dónde está Antonio?

Antonio era el marido de Carmen.

—Con ella.

Guardé silencio unos segundos.

—Entonces no está sola.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—No. Precisamente no lo sé.

Javier se quedó callado.

Después dijo:

—Pregunta por mí. Y por ti.

Esa última frase casi me hizo reír.

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