«Vuelve de vacaciones, mamá no está bien», me escribió mi marido. Acepté… y regresé exactamente el día que tenía previsto.

Su expresión cambió.

Se marchó sin responder. Javier cerró la puerta detrás de ella. Durante unos segundos permanecimos en silencio.

Después se volvió hacia mí.

—Lo siento.

—¿Por qué exactamente?

Lo pensó.

—Por pedirte que volvieras sin comprobar nada. Por hacerte sentir culpable. Y, sobre todo, por no decir nada ayer cuando te acusó delante de todos.

Asentí.

—Eso último fue lo que más me molestó.

—Lo sé.

Recogió sus llaves.

Antes de marcharse de nuevo, se detuvo junto a mi maleta, todavía a medio deshacer.

—Por cierto…

—¿Sí?

—¿Qué tal Mallorca?

Sonreí.

—Muy bien.

—¿Incluso después de mi mensaje? Pensé en aquella mañana en la que había leído: «Vuelve de vacaciones, mamá no está bien». Y después pensé en el billete que no había cambiado.

—Sobre todo después de tu mensaje.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

Abrí la maleta y empecé a guardar mis cosas.

—Porque por fin entendí algo.

—¿Qué?

Lo miré.

—Cuando alguien convierte cada capricho en una emergencia, a veces la mejor manera de descubrir si realmente es una emergencia es no salir corriendo.

Y esta vez, Javier no encontró nada que responder.

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