voy a volver.
—Elena, no juegues con las palabras.
—Mi vuelo de regreso siempre ha estado previsto para el domingo.
—Mamá pensaba que llegarías antes.
—Qué pena.
—Contaba contigo.
—Debería haberme preguntado antes.
Su voz se endureció.
—Entonces, ¿lo estás haciendo a propósito?
Lo pensé un segundo.
—No. No estoy haciendo nada. Precisamente esa es la cuestión.
Y colgué.
El domingo tomé mi vuelo exactamente como estaba previsto.
A las 20:11 aterrizamos.
A las 20:47 estaba en un taxi.
A las 21:20 abrí la puerta de nuestro apartamento.
Javier estaba sentado en el salón.
Parecía agotado.
Sobre la mesa había tres recipientes de plástico llenos de sobras.
—Hola —dije.
—Hola.
Dejé la maleta.
—¿Cómo está tu madre?
Me lanzó una mirada.
—Muy graciosa.
—Lo pregunto en serio.
—Está bien.
Qué sorpresa.
Me senté en el sillón frente a él.
—¿Y el cumpleaños?
—Un desastre.
—¿Por qué?
Empezó a contar con los dedos.
—La tarta no estaba lista cuando llegué. Lucía perdió el tren. Mamá se olvidó de comprar las bebidas. Papá tuvo que ir al supermercado cuarenta minutos antes de que llegaran los invitados. Las patatas se quemaron.
Intenté no sonreír.
—¿Y las ensaladas?
Me miró.
—Las hice yo. Esta vez sonreí.
—Felicidades.
—¿Te hace gracia?
—Un poco.
Se pasó una mano por la cara.
—Mamá estuvo furiosa todo el día.
—¿Con quién?
—Contigo.
—Por supuesto.
Dudó.
—Dijo delante de todos que habías preferido tus vacaciones antes que a tu familia.
Asentí.
—¿Y tú qué respondiste?
Esta vez bajó la mirada.
Conocía ese silencio.
—Javier.
—No dije nada.
Me levanté.
—De acuerdo.
—Elena, espera.
—Estoy cansada. Voy a ducharme.
Él también se levantó.
—¿Qué querías que dijera delante de veinte personas?
Me giré.