Solo quedaba una pata sobre el hielo, pero lo que aquella perra señalaba debajo dejó a todos helados

Una vez.

Abrí con cuidado un espacio alrededor de la grieta.

Cuando conseguí sacar su cabeza, la perra inhaló con tanta fuerza que expulsó agua sobre mi chaqueta.

Sus ojos se clavaron en los míos.

Pero no miró hacia la orilla.

Miró hacia abajo.

Pasé una banda de rescate bajo su pecho e intenté levantarla.

Su cuerpo subió unos centímetros.

Después volvió a hundirse.

Algo tiraba de ella.

Metí el brazo en el agua.

Mis dedos encontraron una cuerda verde muy apretada alrededor de una de sus patas traseras.

La cuerda descendía hacia el fondo.

No era una rama.

No era una red perdida.

Alguien la había atado.

—Tania —dije por radio—. Esto no parece un accidente.

La perra volvió a mover una pata.

Pero no hacia la abertura por donde podía respirar.

Golpeó el hielo a casi dos metros de mí.

Tres veces.

Esperó.

Dos veces.

Pensé que estaba desorientada.

Apunté la lámpara hacia ese lugar.

Al principio solo vi oscuridad.

Luego apareció una línea metálica.

Después otra.

Un rectángulo.

Una jaula estaba suspendida bajo nosotros.

Y dentro de ella algo pequeño se movió.

parte2

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