Pero aquello era diferente.
Mi compañera, Tania Reyes, aseguró una cuerda desde la orilla mientras yo avanzaba boca abajo sobre el hielo.
—¿Ves a alguien? —gritó.
—No.
—¿Y al perro?
—Solo una parte.
A medida que me acercaba, el hielo se volvía más transparente.
Encendí la lámpara que llevaba en el pecho y apunté hacia abajo.
Entonces la vi.
Era una pastora alemana grande, negra y café.
Estaba pegada a la parte inferior del hielo.
Su pelaje flotaba alrededor del cuerpo. De su nariz salían pequeñas burbujas que quedaban atrapadas bajo la superficie.
Una de sus patas delanteras había encontrado la grieta.
La trasera estaba torcida en un ángulo extraño.
Me acerqué un poco más.
La pata dejó de arañar.
Durante unos segundos pensé que había llegado demasiado tarde.
Entonces su hocico golpeó el hielo desde abajo.
Una vez.