Tampoco a un propietario cualquiera.
La perra había pertenecido años atrás a un grupo regional de búsqueda y rescate.
Su nombre era Sable.
Y había trabajado como perra especializada en búsquedas sobre hielo.
Entonces recordé los arañazos.
Tres.
Pausa.
Dos.
No había estado golpeando el hielo al azar.
Había estado trabajando.
El registro nos llevó hasta Ana Beltrán, una paramédica de 55 años que vivía en otra zona de Chihuahua.
Cuando la veterinaria llamó y leyó el número del microchip, hubo un largo silencio.
—Repítalo —pidió Ana.
Lo repitieron.
—¿Dónde está?
Le contamos.