Solo quedaba una pata sobre el hielo, pero lo que aquella perra señalaba debajo dejó a todos helados

Alguien intentó detenerla.

—Déjenla —dije.

Se acostó junto a su cachorro.

Apoyó el hocico cerca de su oreja.

Comencé las maniobras de reanimación.

Conté.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cada movimiento sobre un cuerpo tan pequeño parecía excesivo.

Seguí.

Treinta compresiones.

Dos pequeñas ventilaciones.

Nada.

Otra vez.

La madre metió el hocico debajo del cuello del cachorro y levantó ligeramente su cabeza hacia mí.

Su cuerpo temblaba sin control.

Pero no se apartó.

Terminé otro ciclo.

Nada.

Tania miró hacia la orilla.

—Tenemos que movernos.

—Un momento.

Hice otro intento.

Apareció una gota de agua en una de las fosas nasales del cachorro.

Después su cuerpo se tensó.

Movió una pata.

Continué.

Doce compresiones más tarde expulsó agua y tomó una respiración tan débil que casi no se oyó.

La madre levantó las orejas.

El pequeño respiró otra vez.

Ella emitió un gemido largo y bajo.

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