Las personas que crecieron bajo tierra
A unos doscientos metros, la galería se ensanchaba. Encontraron la primera habitación: camas improvisadas, mesas, recipientes para el agua, ropa. Y en una pared, decenas de rayas verticales agrupadas de a cinco. Años enteros contados sobre el cemento. Pero no había nadie.
—¿Dónde están? —preguntó uno de los rescatistas.
Desde el fondo del túnel llegó un ruido. Una puerta metálica se abrió y un hombre de pelo completamente blanco apareció a la luz, con las manos levantadas para protegerse los ojos.
—¿Sofía? —preguntó.
Andrés se quedó helado. El hombre se llamaba Mateo Balcarce. En 1990 tenía trece años. Ahora tenía cuarenta y ocho. Detrás de él aparecieron otros: once personas en total. Eran los niños desaparecidos, solo que ya no eran niños.
Lo que había pasado en 1990
La verdad se fue conociendo en las semanas siguientes. El día de la excursión, la maestra vio lo que parecía la entrada de un refugio abandonado y entró con los alumnos unos minutos. Adentro se toparon con tres hombres. La instalación no estaba abandonada: la usaban para guardar y mover mercadería robada. Los niños los vieron. Y esos tres hombres tomaron una decisión monstruosa: los encerraron.
Según los testimonios, el plan inicial era retenerlos solo hasta poder trasladar la actividad. Pero la búsqueda masiva en la superficie los asustó. Los días se volvieron semanas. Uno de ellos dijo entonces: «Ahora ya es demasiado tarde para dejarlos ir».
Durante años les llevaron comida, medicinas y combustible, pero las visitas se fueron espaciando. Los niños crecieron ahí. Su maestra, Ana Peralta, se convirtió en quien los mantuvo con vida: les enseñó a filtrar agua, a cultivar verduras en dos cuartos donde llegaba luz por viejos pozos de ventilación, a reparar las instalaciones, a sobrevivir. Intentaron escapar muchas veces. Algunos murieron en el intento; otros enfermaron. De los veinticuatro alumnos y su maestra, doce seguían con vida cuando Sofía, por fin, encontró un conducto de ventilación lo bastante ancho para pasar. Tardó tres días en llegar a la superficie.