Solo quedaba una pata sobre el hielo, pero lo que aquella perra señalaba debajo dejó a todos helados

La jaula estaba inclinada y parcialmente hundida en el lodo del fondo. Si tirábamos demasiado rápido, podía voltearse.

Luis quería que yo saliera del agua.

Entonces oímos otro pequeño golpe desde abajo.

La madre también lo oyó.

Sus orejas se levantaron.

Se acercó como pudo y puso una pata sobre mi brazo.

No sé qué comprendía exactamente.

Pero había visto algo muy sencillo.

Cada vez que uno de nosotros entraba al agua, las manos humanas se acercaban a sus cachorros.

—Una vez más —le dije a Luis.

—Tus manos casi no responden.

—Entonces asegúrame bien.

Me miró durante un segundo.

Después aceptó.

El otro buzo y yo descendimos.

El agua era oscura.

El sedimento había convertido el fondo en una nube marrón.

Encontré la jaula casi a ciegas.

Puse un brazo sobre ella para evitar que girara.

Algo pequeño rozó mi muñeca desde el otro lado de las barras.

No se movió después.

Mi compañero logró liberar parte del peso.

La jaula subió un poco.

Pero todavía estaba enganchada.

Sentí que el pecho se me cerraba.

Seguí trabajando.

De pronto, la tensión desapareció.

La jaula comenzó a elevarse.

Arriba, cuatro personas tiraron de la cuerda.

Yo guié una esquina hasta la abertura.

Cuando salí, lo primero que escuché fue a la pastora alemana.

Ladró.

Fue un sonido ronco y débil.

Pero era la primera vez que lo hacía.

Subimos la jaula al hielo.

Dentro había dos cachorros de unas cinco semanas.

Uno se movía.

El otro no.

Tania abrió la puerta.

La cachorra que tenía una pequeña mancha blanca bajo el cuello respiraba con dificultad.

Un paramédico veterinario la envolvió de inmediato.

Yo tomé al cachorro negro.

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