Solo quedaba una pata sobre el hielo, pero lo que aquella perra señalaba debajo dejó a todos helados

Pero en cuanto intenté alejarme, escuchamos un golpe metálico bajo el hielo.

Clang.

La perra levantó la cabeza.

Otro golpe.

Clang.

Y volvió a arañar.

Tres.

Pausa.

Dos.

Luis la miró.

—¿Por qué hace eso?

—No lo sé —respondí.

Pero empezaba a sospecharlo.

Había trabajado algunas veces cerca de perros entrenados para búsqueda. Sabía que ciertos animales desarrollaban señales muy concretas para indicar un hallazgo.

Aquella perra no parecía estar arañando por miedo.

Marcaba un punto.

Ampliamos la abertura.

Uno de los buzos descendió siguiendo la cuerda.

Regresó menos de un minuto después.

—Hay una jaula metálica. Y tiene un bloque pesado sujeto debajo.

—¿Animales?

—Sí.

—¿Cuántos?

—Por lo menos dos.

La pastora alemana escuchó nuestras voces y trató de ponerse en pie.

Las patas traseras se doblaron.

Volvió a intentarlo.

Tania tuvo que sujetarla.

La jaula estaba inclinada y parcialmente hundida en el lodo del fondo. Si tirábamos demasiado rápido, podía voltearse.

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