—Lo sé.
—No pensé que te lo quedarías si terminábamos.
—Entonces debiste añadir una cláusula.
—Emily, no juegues conmigo.
Dejé el lápiz.
—Nathan, tú mismo dijiste que yo siempre giraría a tu alrededor.
Se quedó inmóvil.
Finalmente lo había confirmado.
Yo había escuchado todo.
—Emily…
—También dijiste que querías a las dos.
Su rostro perdió color.
—No era exactamente…
—No importa.
—Escúchame.
—No.
Me levanté.—Durante cinco años te cociné, te esperé, organicé mi vida alrededor de tus horarios y acepté ser llamada “cuñada” sin tener ninguna seguridad real.
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Señalé la autorización de matrimonio que todavía estaba sobre mi escritorio.
—Entonces apareció Chloe y en cinco meses decidiste que ella merecía aquello que conmigo siempre podía esperar.
Nathan tragó saliva.
—Yo pensaba casarme contigo después.
Lo miré incrédula.
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—¿Después de casarte con ella?
—Las circunstancias…
—Basta.
Por primera vez levanté la mano.
—No quiero entenderte.
Aquello pareció asustarlo.
No que estuviera enfadada.
Que ya no necesitara explicaciones.
—¿Qué quieres entonces?
—Nada.
—Emily…
—Quiero que recojas tus cosas del apartamento que legalmente me pertenece.
—¿Y nosotros?
Solté una risa pequeña.
—Nunca hubo un “nosotros” para ti. Había una mujer que siempre esperaría.
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Me acerqué a la puerta.
—Te equivocaste.
La solicitud de Nathan con Chloe terminó retrasándose mientras corregía sus asuntos administrativos.
Eso fue suficiente para que empezaran las discusiones entre ellos.
Chloe quería fechas.
Propiedades.
Dinero.
Seguridad.
Todas las cosas que Nathan había asumido que yo jamás exigiría.
Y por primera vez tuvo que conquistar a una mujer sin utilizar la estabilidad que yo había construido detrás de él.
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