Cuando Christina tenía seis años, un compañero cruel le dijo a su mejor amigo Noah que, por tener síndrome de Down, nadie llegaría a amarlo ni a querer casarse con él. Christina salió en su defensa y le hizo una promesa de meñique: algún día irían juntos al baile de graduación. Durante los doce años siguientes, su vínculo se hizo cada vez más fuerte gracias a las dificultades cotidianas que superaron juntos, al arte y al humor.
Noah siempre fue un apoyo incondicional para Christina: le ofreció helado después de que ella suspendiera el examen de conducir, guardó en su casillero un horrible dibujo de dinosaurio para animarla a seguir con su arte y permaneció silenciosamente a su lado durante el divorcio de sus padres y después de una dolorosa ruptura.
La noche del baile, Christina, de 18 años, ya estaba vestida y lista para salir cuando Noah apareció en su puerta con un traje azul oscuro, una pajarita que había comprado con anticipación y un pequeño broche de romero. Pero antes de que pudieran marcharse, la madre de Christina la llevó a su habitación, cerró la puerta y decidió revelar un secreto que había guardado durante años. Le confesó que, seis años atrás, en medio de las amargas consecuencias de su divorcio, Noah la había encontrado llorando dentro de su coche.
Preocupado porque Christina estaba «rota», ya que había dejado de comer y de reír en la escuela, Noah le ofreció a aquella madre desesperada un consuelo sencillo y le dijo: «No sé cómo arreglar a las personas. Solo sé cómo quedarme».