De pronto empujó a uno de los policías, jaló a Mateo del brazo y lo puso frente a ella como escudo.
—¡Nadie me va a quitar lo que me pertenece!
Sergio retrocedió, pálido.
—Renata, suéltalo.
Ella soltó una carcajada histérica.
—¿Ahora sí tienes miedo? ¡Tú cortaste los frenos!
—¡Porque tú me dijiste cómo hacerlo! —gritó Sergio.
La verdad explotó frente a todos.
Valeria, atrapada en su cama, entendió que sus enemigos no estaban discutiendo.
Se estaban hundiendo entre ellos.
Y justo cuando Renata levantó el bisturí cerca del cuello de Mateo, Valeria abrió los ojos.
PARTE 3
La luz blanca del hospital le quemó las pupilas.
Todo estaba borroso.
Las paredes.
Los rostros.
Las sombras moviéndose de golpe.
Pero Valeria vio lo único que necesitaba ver.
Mateo estaba vivo.
Y Renata tenía un bisturí junto a su piel.
Un sonido salió de su garganta. No fue un grito completo. Fue apenas un gemido roto, áspero, casi animal.