La licenciada Gálvez no tuvo que exagerar nada. La verdad era peor que cualquier acusación.
El supuesto notario ni siquiera era notario. Era un gestor contratado para presentar documentos falsificados con la huella de Valeria, aprovechando que ella no podía defenderse.
Durante semanas, Valeria siguió en rehabilitación.
Aprendió otra vez a sostener una cuchara.
A caminar con ayuda.
A pronunciar frases sin que le doliera todo el pecho.
Pero lo más difícil no fue recuperar el cuerpo.
Fue mirar a Mateo y entender cuánto había visto.
Un niño de 9 años no debía saber lo que era un testamento. No debía esconder un celular bajo la almohada para grabar conversaciones. No debía fingir calma frente a 2 adultos que querían desaparecerlo.
Una tarde, mientras la fisioterapeuta salía del cuarto, Mateo se sentó a su lado.
—Perdón, mamá.