Luego, ayudó al chico a encontrar un trabajo de medio tiempo que le permitiera seguir yendo a la escuela.
Antes de que el chico abandonara la sala del tribunal, el juez lo volvió a llamar.
“¿Cómo te llamas?”
“Adán, señor.”
“Adán, quiero que recuerdes este día.”
“Lo haré, Su Señoría.”
“No porque hayas robado pan. Recuérdalo porque ese día aprendiste que un error no tiene por qué definir toda tu vida.”