Yo apenas podía caminar sin dolor y ellos ya estaban reescribiendo la historia.
Pero cometieron un error.
Don Ernesto, el velador que me encontró, recordó algo que al principio no había dicho porque pensó que no era importante.
Él no solo me encontró.
Vio llegar la camioneta.
Describió una SUV negra, grande, entrando al callejón poco antes de descubrirme. Vio a un hombre sacar a una mujer casi inconsciente del vehículo. Vio a otra mujer parada junto a la puerta con un celular en la mano.
Y pudo identificar a mis padres en fotografías.
Por primera vez, la versión de Arturo y Patricia empezó a romperse.
Luego aparecieron cámaras de tránsito y de negocios cercanos. Una registró la camioneta de mi padre rumbo a Azcapotzalco. Otra la captó cerca del supermercado. En una toma más clara se veía a Arturo conduciendo.
Ellos habían jurado que yo había salido sola de la casa.
El video demostraba que mentían.
Aun así, la agente Ramírez me pidió que fuera a la fiscalía.
Cuando llegué, había tres investigadores y una computadora sobre la mesa.
—Recuperamos una copia de seguridad del celular de tu mamá —me dijo.
Sentí náuseas.
Patricia había borrado varios archivos después del ataque, pero algunos seguían guardados en la nube.
La agente abrió una carpeta.
Vi miniaturas de videos.
El garaje.
La camioneta.
El callejón.
Mi madre no había grabado unos segundos.
Había grabado casi toda la noche.
Ramírez puso la mano sobre el mouse y me preguntó si estaba preparada.
Yo asentí.
Entonces comenzó la reproducción, y la primera voz que salió de las bocinas fue la risa de mi madre.
Pero lo que se escuchó después iba a destruir para siempre la última mentira que mis padres todavía podían sostener…