Respiró hondo. «Porque mañana mi vida cambiará. Y esta familia nunca volverá a ser la misma». Mamá rompió a llorar de inmediato. «¿Te vas a mudar a una residencia de ancianos?». «No». «¿Vas a vender la casa?». «Todavía no». «Entonces, ¿adónde vas a ir?». En ese preciso instante, alguien llamó a la puerta.
La abuela se levantó rápidamente. Le temblaban las manos mientras se arreglaba el vestido. Antes de llegar a la puerta, se volvió hacia nosotros. «Por favor, vean lo que vean, no se enojen enseguida. Llevo mucho tiempo con miedo de hablarles de esto». Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Abrió la puerta. Afuera había un hombre alto, de unos ochenta años, vestido con un traje azul oscuro y con un enorme ramo de rosas blancas. Al ver a la abuela, una cálida sonrisa iluminó su rostro y, por un instante, olvidamos todos nuestros miedos.
La abuela le tomó la mano y lo condujo a la habitación. —Este es Henry —dijo—. Nos conocimos hace ocho meses en el funeral de un amigo de la infancia. El hombre nos saludó con nerviosismo. La abuela se sonrojó como una adolescente. —Henry perdió a su esposa hace diez años, y yo a tu abuelo hace quince. Al principio, solo charlábamos. Luego empezamos a caminar juntos todas las mañanas. Él me recordó que mientras esté vivo, mi vida no ha terminado.
Nadie dijo palabra. La abuela se llevó una mano al corazón. «Dije que esta sería nuestra última cena familiar porque es la última vez que te recibiré en esta casa como mujer soltera». Henry metió la mano en el bolsillo y sacó una cajita. La abuela rompió a llorar, pero esta vez no eran lágrimas de tristeza. «Me pidió matrimonio ayer», continuó. «Y dije que sí».