La cena que cambió nuestras vidas

Cuando mi abuela me llamó aquel domingo por la mañana, su voz sonaba más débil de lo normal. Tenía ochenta y siete años y, en los últimos meses, rara vez hablaba mucho por teléfono. Normalmente, solo preguntaba si habíamos comido, cómo estaban los niños y cuándo íbamos a ir a visitarla. Pero aquel día, había algo inquietante en su voz.

 

—Cariño, ¿podrían venir todos a mi casa esta noche? —preguntó—. ¿Hoy? Abuela, ¿pasó algo? Durante varios segundos, no respondió. Solo podía oír su respiración agitada. Luego dijo muy suavemente: —Me gustaría que cenáramos todos juntos por última vez.

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Sentí que se me paraba el corazón. —¿Una última vez? ¿Qué quieres decir? —No puedo explicártelo por teléfono —murmuró—. Por favor, asegúrate de que nadie llegue tarde. Esta noche a las seis. Y trae también a los niños. —Colgó sin darme oportunidad de hacer otra pregunta.

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