El hombre se presentó como Adrián Vega, abogado personal de doña Mercedes desde hacía más de veinte años.
Entró al cuarto oculto y se inclinó con respeto.
—Señora Mercedes Valdés, hemos venido en cuanto recibimos la llamada.
Ese nombre no me decía nada, pero la forma en que todos la trataban dejó claro que no estaba frente a una jubilada sin recursos.
El médico la examinó, le administró líquidos y confirmó que podía permanecer en casa bajo supervisión, siempre que recibiera atención continua. También tomó muestras para verificar si le habían dado sustancias sin autorización.
Después Adrián abrió un maletín lleno de documentos.
Entonces supe la verdad.
Doña Mercedes era la fundadora y principal propietaria de un gran consorcio familiar de transporte, almacenes y bienes raíces. Años atrás se había retirado de la vida pública y había colocado sus activos bajo la administración de una fundación privada.
La casa no pertenecía a Sergio.
Tampoco pertenecía a Carmen.
La propiedad estaba a nombre de la fundación desde hacía mucho tiempo. La escritura que Sergio guardaba y enseñaba con orgullo era una copia antigua sin valor actual.
Incluso el puesto que él había presumido durante años en una empresa de logística se lo había conseguido su abuela para darle una oportunidad.
—Quise ayudarlo a convertirse en un hombre responsable —dijo doña Mercedes—. En cambio, usó mi ayuda para alimentar su arrogancia.
Adrián nos mostró otras pruebas.