El segundo video era de la mañana en que yo había salido de viaje.
Sergio entró acompañado de Laura, una mujer que él me había presentado meses atrás como una amiga de la infancia. Se sentaron juntos en el sofá, demasiado cerca para ser solo amigos.
La conversación quedó grabada con claridad.
Laura le preguntó cuándo pensaba separarse de mí.
Sergio respondió que todavía me necesitaba porque yo pagaba la casa, los gastos y las deudas. Dijo que esperaría hasta que “la vieja” muriera y él pudiera quedarse con la propiedad.
Después se burló de mí.
Me llamó ingenua. Dijo que yo trabajaba sin hacer preguntas y que, en cuanto consiguiera lo que quería, me echaría de la casa.
Laura preguntó si los sedantes estaban funcionando.
Sergio respondió que doña Mercedes cada día comía menos y que pronto todo parecería una muerte natural.
El suelo pareció desaparecer bajo mis pies.
Cinco años de matrimonio se rompieron en pocos minutos.
Recordé las horas extra, la ropa que no me compraba, los préstamos que había pagado y las veces que defendí a Sergio delante de mi familia.
No era solo un hombre perezoso e infiel.
Era alguien dispuesto a dejar morir a su propia abuela por dinero.
Me senté en el suelo y lloré hasta que ya no me quedaron lágrimas.
Doña Mercedes no me dijo que me calmara. Esperó en silencio.
Cuando levanté la cabeza, preguntó:
—¿Has visto suficiente?
Asentí.
—Entonces deja de ser la víctima de esta casa. Ayúdame a cerrar esta historia.
Me puse de pie.
—Estoy lista.
Poco después llegó un auto negro. De él bajaron un hombre de traje, un médico y dos personas de seguridad.