George sintió cómo la silla se movía un centímetro bajo la mano de Miller. Un movimiento mínimo, casi imperceptible, que lo transportó setenta años atrás en un instante. Un asiento de lona vibrando dentro de un avión de transporte. Alguien riendo a carcajadas porque el miedo necesitaba un disfraz. Un joven cabo a su lado, con una sonrisa torcida, golpeando el mismo alfiler alado contra sus dientes para la buena suerte.
“Nos vemos al otro lado, Phantom.”
George cerró los ojos una vez, no para escapar de la habitación, sino para volver a poner el recuerdo en su sitio. Cuando los abrió de nuevo, Miller seguía allí, grande, enfadado y dolorosamente joven.
“Entrenáis muy duro, chicos”, dijo George con voz firme. “Eso merece respeto”.