Si me quejaba cuando su familia aparecía sin avisar, decía que era egoísta.
Poco a poco, dejé de confiar en las alarmas que sonaban en mi interior.
Pero ahora sonaban todas las alarmas.
Y por primera vez en mucho tiempo, alguien les creyó.
Las sirenas aullaban a lo lejos.
La señora Álvarez miró hacia la ventana.
“Son muy cercanos.”
Surgió otra contracción, más fuerte que las anteriores, que consumía todos mis pensamientos.